jueves, 23 de agosto de 2007

En el anden


42 años hace que no veo la luz. Llevo todo este tiempo en esta situación. La vida por momentos se vuelve tranquila, más de noche, cuando el silencio se hace necesario.

Recuerdo mi primer día en este lugar: miembros del gobierno y altos cargos militares hablaban y desfilaban con banderas sobre mi. Fue la única vez que escuché una Banda de Música.
La primera noche fue angustiante, al igual que las siguientes.
Al otro día comencé muy temprano, necesitaba que llegara la mañana, pero esta se presentó en forma de muchedumbre y nada de luz. Un ruido ensordecedor se acercó a gran velocidad. Empecé a temblar más de la cuenta, todo debajo de mi se movía, o me parecía, ya que arriba la gente caminaba natural y un niño saltaba sobre mi.
La gente balbuceaba, sonaban silbatos cuando nuevamente sentí el ruido y el temblor bajo mi barriga. El fuerte sonido se aleja tan deprisa como se presenta el silencio. La explanada vuelve a quedar vacía, pero dura poco, las personas bajan por las escaleras del final del pasillo.
El descanso no dura mucho, la gente va y viene sobre mi, otra vez mi barriga empieza a vibrar.

Estoy acostumbrado a este ritmo de vida, desde aquí abajo todo es distinto, lo mejor es el roce de miradas, las historias que se construyen, los adiós para siempre. Aunque nadie se de cuenta, ellos bajan sus cabezas y me clavan los ojos.

Me gustaría tener más espacio, estamos aquí tan apretadas, creo que ni los de limpieza nos reconocen y todas tenemos nombre, aunque no lo utilizamos, solo tenemos unión física, generalmente en forma de cuadrados o rectángulos, nunca hablamos.

Cada tanto viene un hombre mayor y se sienta junto al banco que tengo enfrente. En sus esperas, cuando cree que llega el momento oportuno, baja la cabeza y reposa sus ojos sobre los míos. Mantenemos las miradas durante horas, mientras los demás suben y bajan del anden, hablan o gritan, se despiden o se encuentran. Nada de eso importa, seguimos mirándonos, no se que busca en mi. Lo triste es cuando se va, siempre antes del anunció del cierre de la estación, nuevamente me invade la angustia.

Me queda poco tiempo, siento el ruido de las maquinas que se aproximan. Los recuerdos me precipitan, las imágenes me llevan y me sitúan en el lugar privilegiado desde donde fui testigo de innumerables besos con sabor amor, de reencuentros de manos que entre el gentío se reconocen, de roces forzados que incitan al diálogo y se pierden escaleras arribas, o de niños juguetones que entre monería y monería terminan por pegarme la goma de mascar en plena nariz. Hasta la muerte sentí de cerca, cuando aquella mujer se desplomó sin más sobre mi, luego la policía, con sus botas y sus perros que no me dejaban ver.

En alguna ocasión he pensado que me había equivocado de oficio, debería haber sito zapatero, conocía todos los modelos, las formas, los colores, las texturas, las suelas, las costuras. Miraba con delicado encantamiento las posturas de los pies en espera, la manera de andar y de doblar el talón. No pudo ser, tal vez en otro momento.

Ahora presiento mi final. Las obras se acercan cada vez más, el maldito taladro o martillo ya están cerca, escasos metros nos separan, puedo ver como se hunde y nos va levantando una por una, nuevamente el temblor, pero por qué, aun es de noche, por qué nos tienen que partir de esta forma, a donde nos llevan. Siento que me mueven, como si me desprendieran, un frio intenso me envuelve, ahora si un dolor seco, una puñalada donde más me duele, suerte que sigo en el andén y crack.

Besos en las escaleras



La noche de Berlín es fría y la lluvia cae quejosa sobre la ciudad. Los autobuses, trenes, metros y coches, transportan pasajeros deseosos por llegar a sus hogares.
En la noche de Berlín se forman telarañas de líneas imaginarias: cada individuo construye la suya desde un origen hasta un destino. En cada trayecto millones de líneas se juntan, se acercan, se miran y pocas llegan a unirse.

Desde la Estación de metro Ullstein Str, Carmelita toma la línea dirección Alt. Tegel. La maquina sigue el rutinario trayecto y en la parada de la estación Stadmitte, Carmelita desciende y camina entre los árboles refugiándose de la lluvia hasta entrar un bar.

Desde otro punto de la ciudad, Pierre toma el metro en la Estación Rathas Schoneber Str. dirección Nollendorfplatz, luego combina con la U12 dirección Narschauer Str. La maquina sigue el rutinario trayecto hasta llegar Gleisdreleck, Pierre desciende y camina por el andén en busca de la U2. El cartel anuncia que en 5 minutos arriba la maquina que lo transportará hasta la estación Stadmittle, Pierre espera paciente hasta escuchar el ruido de la maquina que se acerca y frena en el andén. En el corto viaje observa los pasajeros con miradas sutiles, sus vestimentas, sus ojos azules y sin descuidar en el mapa del metro el lugar de su parada. Pierre desciende y camina perdido entre los árboles refugiándose de la lluvia hasta entrar en un bar.

Bajo el cielo cubierto de Berlín un hombre sentado en un sillón escucha música, una mujer prepara la cena para su familia, un taxista transporta pasajeros japoneses hacia algún hotel, un paquistaní corta con un cuchillo el cordero que le servirá a un cliente, un monje hace sonar las campanadas que anuncian las veintiuna, un televisión de un escaparate muestra las imágenes del atentado de ETA en el Aeropuerto de Barajas en Madrid, un médico le acerca el recién nacido a una madre sudada, un camarero sirve una cerveza a Carmelita que está apoyada sobre la barra, a su lado Pierre le pide al mismo camarero otra cerveza.
Carmelita y Pierre cruzan una mirada y se entregan a la conversación.

Sentados en una mesa, Carmelita le cuenta mirándolo fijo que se dedica al cuidado de los niños y que hace eso porque ellos le daban todo: amor, comprensión y en cierta forma le hacen sentir que vuelve a ser niña jugando con ellos.
Una vez cuando aun era una adolescente, había leído por casualidad un texto titulado la mirada de los niños. Ese texto – así como te cuento – me cambió la vida.
Ese fue el comienzo de todo, luego vino la idea de hacer algo desde adentro, no me conformaba solo con la idea de interesarme en lo que pasaba, así que comencé a frecuentar grupos sociales y religiosos donde fui conociendo esa realidad desde el punto de vista en el que quería estar.
Trabajé dos años en centros barriales donde mis expectativas fueron cubiertas y un día decidí salir y conocer otras realidades, nuevos niños otras ciudades.
Luego vino una foto de Salgado en blanco y negro. Era un niño de la guerra, un primer plano del rostro llorando, sus ojos reflejaban el desconcierto, la desolación sobre un cielo gris de fondo. Sobre la izquierda una columna de humo negro. No se veía nada más en la foto. Carmelita hizo suya esa imagen, la reconstruyó parte por parte: primero un bombardeo cercano a la vivienda donde el niño pasa sus días junto a su madre y hermana, luego el protegerse debajo de la cama de madera, los silbidos de las metrallas rozándoles los cuerpos, ahora un nuevo pum seco a lo lejos y el niño sintiendo como poco a poco se acerca hacia ellos. Al abrir los ojos el dolor en la herida de la pierna se confunde entre el polvo y los llantos secos. Aturdido y con la ayuda de algo que puede ser los restos de una silla o mesa, se arrodilla tímidamente sintiendo como la luz del sol le ciega los ojos. Ahora un silencio eterno, no se escuchan bombas, ni llantos, el niño se incorpora hasta quedar de pié, y justo ahí la foto, el niño con lagrimas de desconcierto y a sus pies los cuerpos sin vida de su madre y hermana.

Pierre levantó la vista y sintió un hilo de vértigo desprenderse de su cabeza, recorrer el borde de la cara y perderse bajo el cuello. Había escuchado con detenimiento cada una de las palabras pronunciadas por Carmelita y sintió como su cuerpo se estremecía con el relato del niño de la foto. La imaginó en su lugar de trabajo, contándole historias a esos niños que veían en ella todo lo que Pierre no era capaz, por que desde un primer momento se vio atrapado bajo esa sonrisa que Carmelita le regalaba a cada instante y llevaba una sensualidad sin igual. Tan delicada Carmelita con pantalón negro, abrigo de color blanco que deja ver tímidamente la silueta de los pechos, la hendidura de su cintura.

Por su parte Pierre le comenta que es su primera vez en Berlín, solo está de paso, ha llegado esa noche y por la mañana tendría que volar nuevamente. Sus últimos cinco años se ha dedicado a la fotografía de estaciones de tren, trabaja para un loco inglés que publica en una revista de antigüedades y tiene una sección especializada en el tema. Su trabajo es simple, consiste en viajar por países, descubrir sus estaciones más significativas, sacarles fotos y escribir un artículo con tinte histórico sobre ellas. El trabajo al principio no le interesaba demasiado, le atraía más la idea de viajar y de conocer mundo, pero poco a poco fue descubriendo un misterio oculto detrás de cada estación. Cada una esconde un secreto, un hecho puntual que las hacen únicas. Ha recorrido países de Sudamérica, América Central, Europa y Norte de África.
Una vez en la Estación Francia de Barcelona me encontré con un señor con aspecto de vagabundo. Era una mañana de enero, hacia frío y todavía no era óptima la luz para hacer fotos, así que lo invité a un bar de enfrente. Entre cafés y carajitos, me contó que llevaba 10 años estudiando la estructura de la Estación Francia. Al parecer su abuelo fue uno de los responsables de la construcción y fue pasando de generación en generación un rumor que dentro de una de las columnas de hierro centrales, bajo un dibujo de un ojo o un toro, se escondían tres lingotes de oro de mucho valor.
A Pierre le gustaban las Estaciones de partida y de llegada a diferencias de la Estaciones de paso con andenes a los costados. También era de su preferencia las estaciones de viajeros a diferencias de las de mercancías.

Carmelita levantó la vista y sintió un aire frió impactarle sobre la frente, recorrerle el borde de la cara y perderse bajo el cuello de su abrigo. Había escuchado con detenimiento cada una de las palabras pronunciadas por Pierre y sintió como su curiosidad la llevaba hacia esas estaciones del mundo. Lo imaginó enfrentado a esas moles de hierro, indefenso, con su cámara en mano, respirando hondo, mirando con su ojo por el visor hasta escoger el mejor de lo ángulos para luego apretar suave el pulsador que dejaría detenido ese espacio de tiempo. Desde un primer momento se sintió intrigada por esa mirada de Pierre que la traspasaba, que se metía sin previo aviso en lo más profundo de su alma y le pulsaba como por arte de magia ese lugar donde se encontraban sus sentimientos ocultos. Tan intrigante Pierre, vestido de botas, pantalón marrón claro, chaqueta cruzada y sombrero de media hoja.

Pierre volvió del relato encontrándose nuevamente con los ojos de Carmelita que lo miraban con mayor luminosidad.

De donde apareciste- le susurro Pierre acercándose hasta uno de sus oídos impregnados con un aroma frutal.

Carmelita mira paciente la mesa, piensa que lo dicho por Pierre no es una casualidad dicha así por que si, esas palabras le pesan porque Pierre no estaba buscándola en ese bar y entre esas personas, esas palabras provenían de ese otro lado de Pierre que hasta entonces estaba totalmente oculto e impenetrable tras la gruesa chaqueta negra. Mientras elabora una respuesta, mira la mano de Pierre que va y viene de la boca al cenicero, los dedos por momentos se iluminan y detrás aparece nuevamente esa mirada que la penetra, aguanta unos segundos y su mirada baja hacia la mesa y con la mano mueve el borde de la jarra de cerveza de un lado al otro de la mesa, se entretiene rodeando el cenicero, el paquete de Gauloises, el mechero, y cuando Pierre menos lo espera atina a decirle que esta aquí, escondida en Berlín esperando el momento adecuado para salir, mientras le toma la mano que Pierre hace descansar sobre la mesa.

A veces me ocurre que confundo lo real con lo fantástico, como ahora Pierre. Te acercas violando mi espacio corporal y me susurras solo tres palabras: de donde saliste, y es suficiente para que se me destruya toda una serie de para rayos que tengo construida en mi alrededor, y ahora bien, no se donde estoy.
Es una sensación similar a la que puedo ver en los rostros de mis niños. Cuando ellos escuchan una narración, leída por mi o por ellos mismos, sin darse cuenta dejan de lado la habitación donde están, el día de la semana, las tareas pendientes que aun tienen por hacer y se tele transporta a un mundo irreal, un mundo de fantasía. Se le notan en los ojos, cambian Pierre, se iluminan. Si en la narración aparecen indicios de un enfado, una agresión, un temor o enfrentamientos, es solo en ese mundo construido de fantasía e irrealidad.
Dicho proceso de cambio involuntario comienza con el celebre "Había una vez".... Te imaginas lo que te digo, ese había una vez es un telón que se corre desde las butacas del teatro hasta el propio escenario, ese había una vez marca el comienzo del límite entre esas dos percepciones de la vida. Y cuando llegamos a la parte final de la lectura con "Colorín colorado este cuento se ha acabado", la mirada de los niños vuelven de millones de kilómetros y la luminosidad se cae, se opaca, te lo aseguro Pierre, vuelven a mirar como siempre, salen de cuento, ¿Me comprendes?
¿Qué será de nosotros cuando acabe esta fría noche de Berlín?
Salgamos de aquí, necesito tomar un poco de aire – dijo Carmelita.

Carmelita y Pierre caminan de la mano por Leipziger Strate, se ríen y hablan sobre la posibilidad de encontrar un banco seco, una mano de Pierre le acomoda un poco mas arriba la bufanda, hasta cubrirle el cuello. Caminan sobre un sendero de baldosas marrones, se detienen en una escalera del metro hasta encontrar un banco seco y Carmelita lo abrazaba con los dos brazos y Pierre le responde con besos en la frente, uno tras otro.

Ahora la mano de Carmelita le recorre el borde del sombrero, lo bordea con uno de sus dedos hasta darle un giro completo, ahora baja por el interior hasta llegar a la frente, continua bajando por la nariz, bordea los labios, cae por el mentón llegando al cuello, el dedo de Carmelita sigue ahora por la chaqueta de Pierre, recorre el hombro derecho, el brazo, la mano que esta sujeta al apoya brazo del banco, y marca una línea paralela al césped húmedo.
Sigamos esta línea - le dijo Carmelita en tuno divertido.
Caminaron de la mano refugiándose de la lluvia, llegaron a la esquina de Wihelm Strate y Carmelita indicó que giraran hacia la izquierda. Cruzaron la calle y se encontraron con un edificio antiguo, caminaron intentando cubrirse de la lluvia hasta dar con un gran mural, quedaron impactados por la pintura con insignias del socialismo en Alemania. Los dibujos exaltaba los valores del socialismo: el trabajo en la construcción, la vida en el campo, la educación, la cultura y los hombres y mujeres que se manifestaban en busca de sus derechos.
Recorrieron de un extremo al otro del mural, deteniéndose en cada una de las escenas hasta llegar a su fin. Dejaron atrás la pintura y continuaron bordeando el gran edificio por una larga y desolada calle hasta llegar a la esquina con Zimmer Strate. Ahora por aquí - señalo Carmelita sobre el suelo girando hacia la derecha. Cuando Pierre alzó la mirada, reconoció una parte del muro de Berlín que pasaba casi desapercibido de no ser por que estaba vallado. Una sensación confusa se apoderó de él, recuerdos con formas de imágenes se le venían a la memoria: intentos por atravesarlo en busca de la libertad, dolor.

Pierre intentó cruzar para verlo más de ceca, pero Carmelita le dijo que no, que caminaran un poco más. Pierre no entendía el por que, pero le hizo caso y miraba la gran pared mientras caminaba. Carmelita sabía que si lo miraba por primera vez a esa cierta distancia, podría respetarlo más, podría apreciar el respeto y lo complicado que era atravesarlo. De sobra sabía que a la hora de acercarse, ese gran muro de la vergüenza, se convertiría en una simple y delgada pared cualquiera.
Anduvieron unos 150 mtrs. hasta llegar al final del muro en pie. –ahora crucemos- le indicó Carmelita y ambos de la mano se acercaron y Pierre instintivamente estiró la mano hasta tocarlo. No sabía bien porque había estirado la mano y lo había tocado, tal vez quería sentir una parte del pasado, o quería convencerse que esa historia había sido real. Pierre levanta la vista y Carmelita le indica que tiene cuatro metros, y la parte superior termina en forma de circulo para dificultar el agarre. Caminaron a paso lento, se entretenían viendo la gran variedad de graffiti sobre el muro. Se detuvieron ante una imagen con infinitas manos multicolores sobre un fondo azul.
Carmelita se puso de rodilla y puso su mano sobre una mano pintada de color rosa, esta me va grande, prueba en esta verde le indicó Pierre. Si, esta me va casi perfecta. Mientras Carmelita miraba su mano, Pierre buscaba una semejante a la suya, pero casi todas eran demasiadas pequeñas. Buscó por arriba, por el medio, por abajo y cuando la miró a Carmelita sonreír y poner su mano sobre una amarilla muy chiquita, vio como Carmelita acariciaba esa mano y se dio cuenta de que ella había elegido ese mural azul, porque le traía recuerdos lejanos que no eran necesarios preguntarle. Entre todos los murales, había muchos con detalles o dibujos infantiles, pero ese parecía el único creado por niños. Sin que Carmelita se diese cuenta, Pierre retrocedió los pasos necesarios para contemplar la imagen desde la acera de enfrente. A Carmelita no le hacia falta nada más para ser feliz, ni siquiera se dio cuenta de la ausencia de Pierre, solo movía su mano desde una amarrilla con un ojo en el centro hasta una celeste con palomitas dentro, luego saltaba a una verde con ojitos en los dedos y luego se detenía en una roja rodeada de un corazón blanco. De pronto la imagen en Pierre cambió por completo, la noche de llovizna gris se había transformado en un día soleado y alcanzó a distinguir a Carmelita entre medio de muchos niños que estampaban sus manos sobre el fondo azul del muro. Carmelita de rodillas le pintaba las manos a un japonés, luego a una niña africana, un niño sudamericano, un alemán y una niña con burda. Cada uno de los niños apoyaban sus manos sobre el muro, desde la distancia Pierre no podía diferenciar cual le correspondía a cada uno, pero a medida que se compenetraba en las manos, advertía que esa especie de desorganización en formas de manos
anónimas correspondía a una lógica artística que Carmelita iba construyendo casi sin darse cuenta. Pierre imaginó que esas cientos de manitos de los cinco continentes, puestas ahí, indefensamente, representaban una presión hacia el gran muro, que a medida que otra manito aparecía, era más grande y esa gran pared no podía soportar mucho tiempo mas, y la manitos serían todas iguales –son todas iguales pensaba Pierre- sin barreras, ni discriminaciones, ni diferencias sociales.
En ese momento Carmelita se dio vuelta, lo miró fijo y le indicó que se acercara. Pierre volvía del día soleado con cada nuevo paso que daba y Carmelita tomó su mano y la puso bien el lo alto, recostada hacia la derecha, y con un rotulador negro le trazó el contorno de la mano de Pierre. Ya tienes la tuya propia le dijo.

Volvieron sobre la misma calle hasta llegar al cruce con Friedrich Strate y se encontraron con un cartel que decía: “You are entering the American Sector carrying weapons off duty forbidden obey traffic rules”, era el neuralgíco punto fronterizo Check Point.
Aquí nos encontramos de lado soviético, ese punto de control pertenecía a los aliados, le indicó Carmelita.

Ahora caminaron por la amplia e iluminada Friedrich Strate. Por ambos lados la avenida sobresalían los grandes almacenes, tiendas de ropa de lujo, relojes, coches. En la esquina de Bv. Unter del Linden, Carmelita le indicó con el dedo que la línea seguía por la izquierda. Atravesaron el interior de boulevard, Pierre se acercó y compró un vaso de vino caliente, era lo único que vendían y hacía falta calentar un poco el cuerpo. Carmelita no quiso probar y a Pierre no le gustó demasiado, olía demasiado a alcohol, pero acabó el vaso, necesitaba calentarse. Caminaron varias calles hasta dar de frente con la puerta de Brandemburgo. Pierre contempló con asombro el monumento más representativo de Berlín. Era más pequeño de lo que había imaginado. Tenía el recuerdo de dos fotos que había visto, la primera de Hitler pasando por debajo de la puerta principal con todas las tropas del III Reich desplegadas a ambos lados de la Puerta, y la segunda imagen era la Puerta completamente destruida tras la segunda guerra mundial.

Carmelita le dijo que lo más importante es la escultura de cobre que corona la puerta, La Cuadriga, que representa a la diosa de la Victoria montada en un carro tirado por cuatro caballos en dirección al centro de la ciudad. Estos carros representaban en la antigüedad la entrada triunfal de las tropas en la ciudades.
Siguieron rodeando el monumento y en su interior pudieron apreciar las columnas recubiertas con relieves de Hércules, Marte y Minerva.
Terminaron de recorrer el monumento y siguieron caminando por Ebert Strate.
En el lado derecho comenzaba en Parque Tiergarten. Pierre notaba que el ritmo de la gente poco a poco aumentaba, estaba amaneciendo aunque la ciudad seguía de noche. Pensó que estos eran los últimos minutos junto a Carmelita y quería aprovecharlos al máximo, así que la tomó nuevamente en sus brazos y le besó la frente una y dos veces.
Cuando llegaron a la esquina, Carmelita dijo aquí finaliza la línea y señaló con el dedo hacia delante. Pierre un tanto confundido, distinguió en el lugar donde Carmelita había señalado, un gran número de bloques aparentemente de hormigón.
Es el monumento al holocausto, dijo Carmelita bostezando. Tomó la mano de Pierre y empezaron a caminar dentro del monumento. A Medida que ingresaban, Pierre pudo advertir como los bloques cuadrados poco a poco empezaban a crecer, al comienzo tenían unos cincuenta o sesenta centímetros, pero ahora sentía que los bloques llegaban a su altura.
Carmelita iba unos metros mas adelante y Pierre clavó sus ojos en su cuerpo mientras se sentía en el medio de la nada. A cada paso que daba perdía de vista la ciudad, como si bajara o como si los bloques crecieran a medida que avanzaba.
Me da un poco de miedo – dijo Carmelita mientras retrocedía y abrazaba a Pierre.
Las manos de Pierre recorrían la espesura de su pelo, bajaban por el cuello y apretaban contra la espalada, mientras los besos le daban calor a esos cuerpos que adquirían una postura diferente, ahora la mano en el borde del pantalón negro, intentando abrirse paso, desprendiendo botones y penetrando en los lugares mas íntimos de Carmelita.

La mañana de Berlín es fría y oscura. Los autobuses, trenes, metros y coches, entregan la normalidad del ruido a la ciudad.
Bajo el cielo gris de Berlín un hombre sentado en un sillón escucha música, una mujer prepara el desayuno para su familia, un taxista fuma un cigarrillo a la espera del primer pasajero, un paquistaní enciende la maquina de café, un monje hace sonar las campanadas anunciando una nueva hora, una pareja se ama en el medio de la ciudad.

Playa Cabra


De mañana sonó el teléfono y del otro lado la voz alegre de Michèle lo invitaba a levantarse de la cama, diciéndole que ya era tarde y otro cualquiera ya estaría trabajando. Entre risas y charlas amenas, Michèle le dijo que el motivo de la llamada era para que organizaran un viaje, - necesito escaparme por un día de mi rutina -, todavía se puede aprovechar el buen tiempo y Pierre le sugirió la idea de ir a la playa, un sitio tranquilo vendría muy bien para leer y tomar buen vino.
- Te llevaré un Castresana IV, reserva del 97 que te lo compré hace algún tiempo - dijo Michèle. Mientras seguía al Teléfono, Pierre pensaba en un posible destino, una playa tranquila en donde no se juntara demasiada gente y poder así dar paseos o jugar a las palas con espacio; pasar un día desconectados de todo.
Besos y mañana antes de salir te llamo. – dijo Michèle antes de colgar.
Pierre sintió ganas de caminar al lado de Michèle, pensaba que sería bueno encontrarse de una manera más natural, disfrutando de la tranquilidad del mar.
Cuando se puso a pensar en el posible destino, un recuerdo lejano le vino a la mente. En su habitual recorrido por conocer nuevas playas para practicar pesca submarina, Roland y Pierre se habían desviado de la autovía y descendieron por un camino de ripio muy poco transitado. Al llegar a la playa y mirar hacia ambos lados, reconocieron que la playa era propicia para descubrirla, mas aun por la poca cantidad de bañistas. Por la derecha un amplio acantilado con rocas que sobresalían y por la izquierda un peñón que le ganaba de forma lenta terreno al mar, se extendía como 30 metros hacia adentro.
En primera línea de playa se encontraba un restaurante y alejado, casi fundido a la gran roca unos apartamentos, casi en apariencia de abandonados, en su tejado un cartel que decía Apartamentos Cabra.

- Algún día podríamos quedarnos a pasar la noche en esos apartamentos, ¿No te parece?-
preguntó Roland
- Claro que sí, aunque esto de noche debe ser complejo, poca luz, poca gente, poco que hacer,
¿Crees que es seguro el sitio?
- Sí que es seguro, aparte no tienes que pensar que no hay nada, todo lo contrario, esa nada en
estos casos es buscada, te imaginas en ese balcón, cenando, escuchando música, bebiendo
una copa, ¡no tiene precio!
Tomaron el bolso con el equipo de pesca, en los extremos cada uno llevaba el fusil y en la cintura sujeto un cinturón con plomos de casi 8 kilos.
Hacía más de cuatro años que practicaban la pesca submarina, siempre de a dos, los expertos
aconsejaban que siempre era conveniente descender en pareja, ya que un descuido, un problema
inesperado o un malestar físico pasaban facturas en menos de un minuto.
Llevaban el mismo equipo: traje de neopreno Beuchat negro con tonos azules marinos de 5 milímetros, aletas de carbono, guantes, escarpines, gafas, tubos, linternas, cuchillos, cinturón con plomo y los fusiles.
Decidieron comenzar a explorar la zona izquierda, fueron bordeando el peñón y a medida que ganaban metros en la profundidad, advertían que este se extendía por debajo en forma de acantilados rocosos y cada roca a su vez, era una pequeña escondite de algún animal que había que ir descubriéndola. Cada cierto tiempo los pescadores se trataban de encontrar en una mirada detrás de las gafas, siempre era bueno estar en contacto y hacer un gesto de que todo marcha en orden.
Roland movió la mano de una forma horizontal como si recorriera la profundidad de la zona y le hizo un gesto de ok con el pulgar, Pierre le devolvió el ok, afirmando que la zona era óptima para descubrirla.
Como si de un movimiento coordinado se tratase, ambos submarinistas tomaban de forma lenta aire en la superficie, luego daban un golpe de abdomen estirando el cuerpo hacia abajo y las aletas daban el último golpe en la superficie, luego descendían, minuciosamente recorrían la silueta del mediterráneo, con las linternas alumbraban el fondo de alguna cueva buscando ojos inmóviles.
Cuando Pierre regresó del descenso estirado de tiempo, no le alcanzó con la respiración del tubo y sacó la cabeza a la superficie y abrió la boca de una manera casi desesperada. Poco a poco volvió a respirar normalmente y cuando retomó la tranquilidad, su ojos se fueron hacia la orilla de la playa y vio el solitario apartamento perdido o fundido a ese mismo peñón. No había casi gente, la tarde ya estaba llegando a su fin y en los ventanales del apartamento no se veía luz.

Michèle había llamado temprano diciendo que por la tarde estaría llegando, tenia cerca de 4 horas de carretera y estaba cansada de una semana dura de trabajo, así que iría lenta.
Pierre durante todo el día se había dedicado a la limpieza, aprovechaba que venía Michèle para ordenar su piso y preparar lo que iban a llevar a la playa.
Se detuvo en frente de su biblioteca y pensó en llevar un libro corto para entretenerse en la playa, tendría demasiado tiempo para entregarse a la lectura, dudó entre el Llano en Llamas de Juan Rulfo y Un Hombre Ridículo de Fiodor Dostoievski, terminó por llevar a Rulfo.
Cuando estaba finalizando con la maleta, sonó el teléfono y Michèle del otro lado le dijo que ya estaba en su puerta y que sería mejor que sigan viaje hacia la playa.

Apenas llegaron a los apartamentos Michèle se dirigió al balcón y se acercó a la barandilla, con una sonrisa amplia, cerró los ojos y respiró profundamente aspirando todo el olor a mar posible.
Pierre por su parte fue descubriendo una a una las habitaciones, comenzando por el baño, la habitación principal, el salón, la cocina y dio el visto bueno.
Luego caminó hacia el balcón y se detuvo junto a Michèle, que seguía con la sonrisa de oreja a oreja. Se acercó hasta sus mejillas y le dio dos tímidos besos, Michèle soltó el aire y dijo algo como – pensé que era un sueño. Sus ojos volvieron de miles de kilómetros mar adentro y giraron suavemente hasta dar con los de Pierre, que la miraba curioso al verla disfrutar de ese momento deseado.
- ¿Te gusta?
- Maravilloso, es un lugar hermoso, las vistas son encantadoras.
- Tenemos muchos por conocer, podemos caminar y subir hasta la punta de esa montaña, se ven
casas y debe tener buena vista.
- Gracias Pierre por traerme aquí, este lugar tiene algo especial, no se, empiezo a sentirme
distinta.
Asomados al balcón se veía el mar, en la orilla los bañistas tumbados al sol con sus sombrillas, algunos leían algún libro de moda, otros se bañaban, a lo lejos embarcaciones que se perdían entre una neblina infinita. Por momentos la vista de Pierre cambiaba de rumbo y se imaginaba debajo en la playa viendo la imagen de una pareja que reposaba sobre el parapeto del balcón, que casi no hablaban y disfrutaban contemplando la playa.
Michelle se dirigió a la habitación, tomó su maleta y con extremada delicadeza fue sacando sus prendas y las ordenó el los cajones del armario. Pierre observaba la sutileza de los movimientos, se centraba en las manos, en las dulces manos que dibujaban círculos y doblaban la ropa con un arte exquisito. Pierre se preguntaba porque las mujeres tenían esa facilidad para esos detalles que para los hombres pasan casi inadvertidos, ahora las manos entraban al baño, la estantería de blanco poco a poco se llenaba de colores: la pasta dental roja con detalles verde, el cepillo de diente azul, una crema para mano blanca, crema para cara celeste, crema bronceadora amarilla, toallas femeninas, un cepillo de pelo negro, el set de pintura rojo, un espejo de mano, desodorante. Las manos de Michèle caminaron del baño a la cocina, ahora le tocaba ordenar la comida: las cebollas a un costado junto con las patatas y el pan, en la nevera la cola junto a las cervezas, la manteca, el queso, el jamón, las aceitunas, las botellas de vino las dejó sobre las mesas y las manos ya estaban sobre los platos y los vasos, Pierre desde un extremo de la habitación se entretenía viendo las manos mojadas de Michèle que parecían aun mas bellas, como si se movieran a un ritmo diferente al resto del cuerpo.

Terminada la cena, Michèle se levantó en busca de un libro y él le pidió que tomar el suyo de su mochila.
Sentados en la mesa junto al balcón, Pierre encendió dos cigarros, le dio uno y se entregaron a los libros.
La lectura fue larga, solo se detenían para fumar o beber el vino de la copa. Lo noche reflejaba luces lejanas y el ruido del oleaje se intensificaba en el silencio.
Pierre hizo un comentario sobre la noche – es tan desértica, que creo estar en el llano en Llamas.
Por su parte Michèle dijo – es tan desalmada, que creo ser un reportero de guerra.
Sin darse cuenta hablaron sobre sus libros de una forma natural, escudados en los escritores
encontraban puntos de unión en la llanura de México y la guerra de Kosovo.
Pasaron varias horas desde que se acostaron cuando de repente Michèle se sentó de un gran impulso sobre la cama, un ruido cercano le produjo pánico, miró en dirección de la puerta de enfrente y permaneció inmóvil durante algunos minutos, respirando agitada. En ese momento volvió a sentir un ruido cercano, aterrorizada movió el brazo de Pierre y le dijo al oído que por favor se despertase. Mientras Pierre intentaba entenderla ella le decía que había escuchado un fuerte ruido, luego voces in entendibles.
Cuando venía por la carretera, Michèle escuchó por la radio la noticia de que inmigrantes africanos realizaban la travesía de cruzar el estrecho en precarias embarcaciones y llegaban a cualquier playa del sur. Se los imaginó altos, gordos y negros, peor aun, hambrientos y con necesidad de robar para comer.
Durante toda la tarde no había visto turistas entrar en los apartamentos colindantes y se sintió indefensa, en el medio de la oscuridad, de la nada.
Nuevamente lo movió a Pierre para que la ayudase, pero él no podía levantarse, había bebido en exceso y solo atinó a decirle que se tranquilizará y la rodeo con el brazo.
No quería encender la luz, cualquier situación podrá llamar su atención y correría peligro, por un instante pensó en salir a toda velocidad del apartamento, tomar el pasillo y bajar por la escalera de la izquierda, luego bordear el camino por arriba de la playa hasta dar con el aparcamiento, subir al coche y salir de ahí, pero a medida que tomaba conciencia la idea se desmoronaba, ya que ellos estarían ahí abajo esperándola en las escaleras; también pensó en llamar desde el móvil a la policía para pedir ayuda, llegarían armados y con las sirenas de los coches encendidas, tal vez al verlas se asusten y se vayan, pero ¿qué les diría? Si no sabe bien quien está ahí abajo y por si fuera poco, al tomar su móvil se da cuenta de que este no tiene cobertura.

Al bajar la vista se encontró con un ojo de Pierre semiabierto que la miraba con estupor, por momentos lo vio tan relajado que pensó que había llegado muy lejos y que sería mejor recostarse e intentar dormir. Al lado de Pierre se encontraba más segura, más aun cuando la mano de él se unía a la suya. El ojo de Pierre no la miraba, seguía abierto como simple espectador, un mero testigo de la noche que se le volvía eterna a una Michèle que deseaba que le llegara la tranquilidad en forma de sueño. Había realizado este viaje en busca de tranquilidad, y esta noche poco a poco se convertía en una pesadilla y lo peor era que no podía determinar el motivo.
Cerró los ojos, contó en silencio hasta 537, recitó viejas poesías de la infancia, rezó oraciones aprendidas en su época de catecismo, beso en la mejilla a Pierre, se dio media vuelta hacia la derecha, abrió los ojos y los clavo en el techo manteniéndolos abiertos sin pestañar, el ruido del mar era parte del silencio y eso no les importaban a esos ojos que desprendían lagrimas pero no parpadeaban, ni cambian la vista en ese pequeño punto en el techo. Nuevamente volvió a girarse hacia la izquierda donde un cuerpo con la respiración pesada le estiraba el brazo derecho y la esperaba. A medida que miraba a Pierre tendido en postura de espera, sintió una leve asfixia que la invadió por completo. Ella hubiera necesitado otra actitud ante el momento que estaba pasando, tal vez si se hubiera levantado y la hubiera acompañado todo hubiera sido diferente, ese brazo ahí tendido y ese ojo abierto le transmitía todo lo que Pierre no era capaz de darle, así que tomó fuerzas, se sentó en el borde de la cama y caminó hacia el balcón en busca de un cigarrillo.

Sentada con las piernas cruzadas fumaba y pensaba que esa noche tal vez no era para dormir, o mejor dicho no era para dormir en la misma cama junto a Pierre. Estaba cansada de dormir sin sueño, de dormir por la necesidad natural de cerrar los ojos y descansar.
Cuando expulsó el humo del tabaco giró la cabeza y se encontró con un cuerpo grande y negro, quizás unos instantes antes hubiera gritado en busca de auxilio, pero no, mantuvo la mirada firme y recorrió todo el cuerpo hasta encontrase con unos ojos perdidos, una mirada que exigía ayuda.
Michèle caminó hacia la cocina, sirvió agua en un vaso y en un plato preparó pan con jamón, al darse vuelta se lo encontró de pié junto a ella, era demasiado alto, solo llevaba un pantalón que dejaba ver el torso atlético, los brazos fuertes.
Lo invitó a sentarse en la mesa y le sirvió lo que le había preparado, fue entonces cuando el hombre levantó su mano y le acarició el pelo en señal de agradecimiento. Michèle cerró los ojos y su cuerpo se estremeció ante aquel gesto inesperado, un olor a mar proveniente de esas manos la cubrió por completo, luego bajaron por su cuerpo de forma natural llegando hasta los rincones mas preciados por Michèle, y ella seguía así, con los ojos cerrados sintiendo como se adentraba en su cuerpo el silencio del oleaje y la salitre del mar.

Por la mañana Pierre estaba sentado en el balcón con el libro en mano, Michèle se acercó, le dio un beso de buenos días y sobre la mesa alcanzó a ver el plato junto al vaso vacío.
¡Cómo estabas anoche!, no parabas de pedir ayuda, me gritabas y por si fuera poco, gemías de una forma para mi desconocida – le dijo Pierre.

Cuando Michèle se acercó al balcón, vio como se perdía en la neblina algo que se parecía a una
embarcación

Bajo tierra


Esa noche la tristeza me envolvió y me dirigí al campanario. Una vez arriba empecé a llorar y a odiar a todo el mundo. Dios no podía consolarme. Estaba junto a la cruz, la miré fijamente y me transmitió algo extraño; bajé rápido las escaleras y caminé hacia casa. Terminada la cena, me dirigí al cuarto con la excusa de ultimar tareas para el colegio.

Apagadas las luces, saqué de la caja de herramientas un martillo, una sierra y un corta fierro. Saltando techos y subiendo por lugares que solamente yo conocía, llegué a lo alto del campanario.

Estaba a punto de cometer mi primer pecado.

Empecé a martillar la base de la cruz de la única iglesia de la zona. Estuve casi tres horas, martillando y martillando, cuando de repente el hierro comenzó a ceder. Subido en la punta hice peso y suavemente la vi caer. Con sierra en mano, terminé con los últimos caños y por fin la pude sentir a mis pies. Corté las cuerdas del campanario, las uní y las até a la cruz y despacio, muy despacio empecé a bajarla, hasta que dió en el suelo.

Dejo de lado el comentario de cómo la llevé hasta el fondo de casa. Sólo recuerdo que tomé una pala, un pico y comencé a cavar un profundo pozo. Por fin pude tenerla. Me fue todo un reto aunque sé que nunca se me perdonará esto.

Cómo comentarles el lío que se armó. Periodistas de diversos medios junto a sacerdotes de todas partes invadieron la ciudad, que en ese momento se convirtió en otra.
Desde el techo de casa, me divertía viendo el tremendo escándalo que había organizado. La radio anunciaba la posible visita del papa. Por la televisión apareció mi cura amigo junto a muchos de los vecinos diciendo que era el demonio que se había apoderado de la ciudad, otro mencionaba que esto es el comienzo del Apocalipsis, vecinos hacían comentarios de una luz intensa por la
noche y llegaron a manejar la hipótesis que seres de otro planeta se la llevaron.

En ese tiempo, todos éramos ridículos: ellos, alucinando por la cruz, y yo, - por otro lado - robándomela.