
De mañana sonó el teléfono y del otro lado la voz alegre de Michèle lo invitaba a levantarse de la cama, diciéndole que ya era tarde y otro cualquiera ya estaría trabajando. Entre risas y charlas amenas, Michèle le dijo que el motivo de la llamada era para que organizaran un viaje, - necesito escaparme por un día de mi rutina -, todavía se puede aprovechar el buen tiempo y Pierre le sugirió la idea de ir a la playa, un sitio tranquilo vendría muy bien para leer y tomar buen vino.
- Te llevaré un Castresana IV, reserva del 97 que te lo compré hace algún tiempo - dijo Michèle. Mientras seguía al Teléfono, Pierre pensaba en un posible destino, una playa tranquila en donde no se juntara demasiada gente y poder así dar paseos o jugar a las palas con espacio; pasar un día desconectados de todo.
Besos y mañana antes de salir te llamo. – dijo Michèle antes de colgar.
Pierre sintió ganas de caminar al lado de Michèle, pensaba que sería bueno encontrarse de una manera más natural, disfrutando de la tranquilidad del mar.
Cuando se puso a pensar en el posible destino, un recuerdo lejano le vino a la mente. En su habitual recorrido por conocer nuevas playas para practicar pesca submarina, Roland y Pierre se habían desviado de la autovía y descendieron por un camino de ripio muy poco transitado. Al llegar a la playa y mirar hacia ambos lados, reconocieron que la playa era propicia para descubrirla, mas aun por la poca cantidad de bañistas. Por la derecha un amplio acantilado con rocas que sobresalían y por la izquierda un peñón que le ganaba de forma lenta terreno al mar, se extendía como 30 metros hacia adentro.
En primera línea de playa se encontraba un restaurante y alejado, casi fundido a la gran roca unos apartamentos, casi en apariencia de abandonados, en su tejado un cartel que decía Apartamentos Cabra.
- Algún día podríamos quedarnos a pasar la noche en esos apartamentos, ¿No te parece?-
preguntó Roland
- Claro que sí, aunque esto de noche debe ser complejo, poca luz, poca gente, poco que hacer,
¿Crees que es seguro el sitio?
- Sí que es seguro, aparte no tienes que pensar que no hay nada, todo lo contrario, esa nada en
estos casos es buscada, te imaginas en ese balcón, cenando, escuchando música, bebiendo
una copa, ¡no tiene precio!
Tomaron el bolso con el equipo de pesca, en los extremos cada uno llevaba el fusil y en la cintura sujeto un cinturón con plomos de casi 8 kilos.
Hacía más de cuatro años que practicaban la pesca submarina, siempre de a dos, los expertos
aconsejaban que siempre era conveniente descender en pareja, ya que un descuido, un problema
inesperado o un malestar físico pasaban facturas en menos de un minuto.
Llevaban el mismo equipo: traje de neopreno Beuchat negro con tonos azules marinos de 5 milímetros, aletas de carbono, guantes, escarpines, gafas, tubos, linternas, cuchillos, cinturón con plomo y los fusiles.
Decidieron comenzar a explorar la zona izquierda, fueron bordeando el peñón y a medida que ganaban metros en la profundidad, advertían que este se extendía por debajo en forma de acantilados rocosos y cada roca a su vez, era una pequeña escondite de algún animal que había que ir descubriéndola. Cada cierto tiempo los pescadores se trataban de encontrar en una mirada detrás de las gafas, siempre era bueno estar en contacto y hacer un gesto de que todo marcha en orden.
Roland movió la mano de una forma horizontal como si recorriera la profundidad de la zona y le hizo un gesto de ok con el pulgar, Pierre le devolvió el ok, afirmando que la zona era óptima para descubrirla.
Como si de un movimiento coordinado se tratase, ambos submarinistas tomaban de forma lenta aire en la superficie, luego daban un golpe de abdomen estirando el cuerpo hacia abajo y las aletas daban el último golpe en la superficie, luego descendían, minuciosamente recorrían la silueta del mediterráneo, con las linternas alumbraban el fondo de alguna cueva buscando ojos inmóviles.
Cuando Pierre regresó del descenso estirado de tiempo, no le alcanzó con la respiración del tubo y sacó la cabeza a la superficie y abrió la boca de una manera casi desesperada. Poco a poco volvió a respirar normalmente y cuando retomó la tranquilidad, su ojos se fueron hacia la orilla de la playa y vio el solitario apartamento perdido o fundido a ese mismo peñón. No había casi gente, la tarde ya estaba llegando a su fin y en los ventanales del apartamento no se veía luz.
Michèle había llamado temprano diciendo que por la tarde estaría llegando, tenia cerca de 4 horas de carretera y estaba cansada de una semana dura de trabajo, así que iría lenta.
Pierre durante todo el día se había dedicado a la limpieza, aprovechaba que venía Michèle para ordenar su piso y preparar lo que iban a llevar a la playa.
Se detuvo en frente de su biblioteca y pensó en llevar un libro corto para entretenerse en la playa, tendría demasiado tiempo para entregarse a la lectura, dudó entre el Llano en Llamas de Juan Rulfo y Un Hombre Ridículo de Fiodor Dostoievski, terminó por llevar a Rulfo.
Cuando estaba finalizando con la maleta, sonó el teléfono y Michèle del otro lado le dijo que ya estaba en su puerta y que sería mejor que sigan viaje hacia la playa.
Apenas llegaron a los apartamentos Michèle se dirigió al balcón y se acercó a la barandilla, con una sonrisa amplia, cerró los ojos y respiró profundamente aspirando todo el olor a mar posible.
Pierre por su parte fue descubriendo una a una las habitaciones, comenzando por el baño, la habitación principal, el salón, la cocina y dio el visto bueno.
Luego caminó hacia el balcón y se detuvo junto a Michèle, que seguía con la sonrisa de oreja a oreja. Se acercó hasta sus mejillas y le dio dos tímidos besos, Michèle soltó el aire y dijo algo como – pensé que era un sueño. Sus ojos volvieron de miles de kilómetros mar adentro y giraron suavemente hasta dar con los de Pierre, que la miraba curioso al verla disfrutar de ese momento deseado.
- ¿Te gusta?
- Maravilloso, es un lugar hermoso, las vistas son encantadoras.
- Tenemos muchos por conocer, podemos caminar y subir hasta la punta de esa montaña, se ven
casas y debe tener buena vista.
- Gracias Pierre por traerme aquí, este lugar tiene algo especial, no se, empiezo a sentirme
distinta.
Asomados al balcón se veía el mar, en la orilla los bañistas tumbados al sol con sus sombrillas, algunos leían algún libro de moda, otros se bañaban, a lo lejos embarcaciones que se perdían entre una neblina infinita. Por momentos la vista de Pierre cambiaba de rumbo y se imaginaba debajo en la playa viendo la imagen de una pareja que reposaba sobre el parapeto del balcón, que casi no hablaban y disfrutaban contemplando la playa.
Michelle se dirigió a la habitación, tomó su maleta y con extremada delicadeza fue sacando sus prendas y las ordenó el los cajones del armario. Pierre observaba la sutileza de los movimientos, se centraba en las manos, en las dulces manos que dibujaban círculos y doblaban la ropa con un arte exquisito. Pierre se preguntaba porque las mujeres tenían esa facilidad para esos detalles que para los hombres pasan casi inadvertidos, ahora las manos entraban al baño, la estantería de blanco poco a poco se llenaba de colores: la pasta dental roja con detalles verde, el cepillo de diente azul, una crema para mano blanca, crema para cara celeste, crema bronceadora amarilla, toallas femeninas, un cepillo de pelo negro, el set de pintura rojo, un espejo de mano, desodorante. Las manos de Michèle caminaron del baño a la cocina, ahora le tocaba ordenar la comida: las cebollas a un costado junto con las patatas y el pan, en la nevera la cola junto a las cervezas, la manteca, el queso, el jamón, las aceitunas, las botellas de vino las dejó sobre las mesas y las manos ya estaban sobre los platos y los vasos, Pierre desde un extremo de la habitación se entretenía viendo las manos mojadas de Michèle que parecían aun mas bellas, como si se movieran a un ritmo diferente al resto del cuerpo.
Terminada la cena, Michèle se levantó en busca de un libro y él le pidió que tomar el suyo de su mochila.
Sentados en la mesa junto al balcón, Pierre encendió dos cigarros, le dio uno y se entregaron a los libros.
La lectura fue larga, solo se detenían para fumar o beber el vino de la copa. Lo noche reflejaba luces lejanas y el ruido del oleaje se intensificaba en el silencio.
Pierre hizo un comentario sobre la noche – es tan desértica, que creo estar en el llano en Llamas.
Por su parte Michèle dijo – es tan desalmada, que creo ser un reportero de guerra.
Sin darse cuenta hablaron sobre sus libros de una forma natural, escudados en los escritores
encontraban puntos de unión en la llanura de México y la guerra de Kosovo.
Pasaron varias horas desde que se acostaron cuando de repente Michèle se sentó de un gran impulso sobre la cama, un ruido cercano le produjo pánico, miró en dirección de la puerta de enfrente y permaneció inmóvil durante algunos minutos, respirando agitada. En ese momento volvió a sentir un ruido cercano, aterrorizada movió el brazo de Pierre y le dijo al oído que por favor se despertase. Mientras Pierre intentaba entenderla ella le decía que había escuchado un fuerte ruido, luego voces in entendibles.
Cuando venía por la carretera, Michèle escuchó por la radio la noticia de que inmigrantes africanos realizaban la travesía de cruzar el estrecho en precarias embarcaciones y llegaban a cualquier playa del sur. Se los imaginó altos, gordos y negros, peor aun, hambrientos y con necesidad de robar para comer.
Durante toda la tarde no había visto turistas entrar en los apartamentos colindantes y se sintió indefensa, en el medio de la oscuridad, de la nada.
Nuevamente lo movió a Pierre para que la ayudase, pero él no podía levantarse, había bebido en exceso y solo atinó a decirle que se tranquilizará y la rodeo con el brazo.
No quería encender la luz, cualquier situación podrá llamar su atención y correría peligro, por un instante pensó en salir a toda velocidad del apartamento, tomar el pasillo y bajar por la escalera de la izquierda, luego bordear el camino por arriba de la playa hasta dar con el aparcamiento, subir al coche y salir de ahí, pero a medida que tomaba conciencia la idea se desmoronaba, ya que ellos estarían ahí abajo esperándola en las escaleras; también pensó en llamar desde el móvil a la policía para pedir ayuda, llegarían armados y con las sirenas de los coches encendidas, tal vez al verlas se asusten y se vayan, pero ¿qué les diría? Si no sabe bien quien está ahí abajo y por si fuera poco, al tomar su móvil se da cuenta de que este no tiene cobertura.
Al bajar la vista se encontró con un ojo de Pierre semiabierto que la miraba con estupor, por momentos lo vio tan relajado que pensó que había llegado muy lejos y que sería mejor recostarse e intentar dormir. Al lado de Pierre se encontraba más segura, más aun cuando la mano de él se unía a la suya. El ojo de Pierre no la miraba, seguía abierto como simple espectador, un mero testigo de la noche que se le volvía eterna a una Michèle que deseaba que le llegara la tranquilidad en forma de sueño. Había realizado este viaje en busca de tranquilidad, y esta noche poco a poco se convertía en una pesadilla y lo peor era que no podía determinar el motivo.
Cerró los ojos, contó en silencio hasta 537, recitó viejas poesías de la infancia, rezó oraciones aprendidas en su época de catecismo, beso en la mejilla a Pierre, se dio media vuelta hacia la derecha, abrió los ojos y los clavo en el techo manteniéndolos abiertos sin pestañar, el ruido del mar era parte del silencio y eso no les importaban a esos ojos que desprendían lagrimas pero no parpadeaban, ni cambian la vista en ese pequeño punto en el techo. Nuevamente volvió a girarse hacia la izquierda donde un cuerpo con la respiración pesada le estiraba el brazo derecho y la esperaba. A medida que miraba a Pierre tendido en postura de espera, sintió una leve asfixia que la invadió por completo. Ella hubiera necesitado otra actitud ante el momento que estaba pasando, tal vez si se hubiera levantado y la hubiera acompañado todo hubiera sido diferente, ese brazo ahí tendido y ese ojo abierto le transmitía todo lo que Pierre no era capaz de darle, así que tomó fuerzas, se sentó en el borde de la cama y caminó hacia el balcón en busca de un cigarrillo.
Sentada con las piernas cruzadas fumaba y pensaba que esa noche tal vez no era para dormir, o mejor dicho no era para dormir en la misma cama junto a Pierre. Estaba cansada de dormir sin sueño, de dormir por la necesidad natural de cerrar los ojos y descansar.
Cuando expulsó el humo del tabaco giró la cabeza y se encontró con un cuerpo grande y negro, quizás unos instantes antes hubiera gritado en busca de auxilio, pero no, mantuvo la mirada firme y recorrió todo el cuerpo hasta encontrase con unos ojos perdidos, una mirada que exigía ayuda.
Michèle caminó hacia la cocina, sirvió agua en un vaso y en un plato preparó pan con jamón, al darse vuelta se lo encontró de pié junto a ella, era demasiado alto, solo llevaba un pantalón que dejaba ver el torso atlético, los brazos fuertes.
Lo invitó a sentarse en la mesa y le sirvió lo que le había preparado, fue entonces cuando el hombre levantó su mano y le acarició el pelo en señal de agradecimiento. Michèle cerró los ojos y su cuerpo se estremeció ante aquel gesto inesperado, un olor a mar proveniente de esas manos la cubrió por completo, luego bajaron por su cuerpo de forma natural llegando hasta los rincones mas preciados por Michèle, y ella seguía así, con los ojos cerrados sintiendo como se adentraba en su cuerpo el silencio del oleaje y la salitre del mar.
Por la mañana Pierre estaba sentado en el balcón con el libro en mano, Michèle se acercó, le dio un beso de buenos días y sobre la mesa alcanzó a ver el plato junto al vaso vacío.
¡Cómo estabas anoche!, no parabas de pedir ayuda, me gritabas y por si fuera poco, gemías de una forma para mi desconocida – le dijo Pierre.
Cuando Michèle se acercó al balcón, vio como se perdía en la neblina algo que se parecía a una
embarcación
- Te llevaré un Castresana IV, reserva del 97 que te lo compré hace algún tiempo - dijo Michèle. Mientras seguía al Teléfono, Pierre pensaba en un posible destino, una playa tranquila en donde no se juntara demasiada gente y poder así dar paseos o jugar a las palas con espacio; pasar un día desconectados de todo.
Besos y mañana antes de salir te llamo. – dijo Michèle antes de colgar.
Pierre sintió ganas de caminar al lado de Michèle, pensaba que sería bueno encontrarse de una manera más natural, disfrutando de la tranquilidad del mar.
Cuando se puso a pensar en el posible destino, un recuerdo lejano le vino a la mente. En su habitual recorrido por conocer nuevas playas para practicar pesca submarina, Roland y Pierre se habían desviado de la autovía y descendieron por un camino de ripio muy poco transitado. Al llegar a la playa y mirar hacia ambos lados, reconocieron que la playa era propicia para descubrirla, mas aun por la poca cantidad de bañistas. Por la derecha un amplio acantilado con rocas que sobresalían y por la izquierda un peñón que le ganaba de forma lenta terreno al mar, se extendía como 30 metros hacia adentro.
En primera línea de playa se encontraba un restaurante y alejado, casi fundido a la gran roca unos apartamentos, casi en apariencia de abandonados, en su tejado un cartel que decía Apartamentos Cabra.
- Algún día podríamos quedarnos a pasar la noche en esos apartamentos, ¿No te parece?-
preguntó Roland
- Claro que sí, aunque esto de noche debe ser complejo, poca luz, poca gente, poco que hacer,
¿Crees que es seguro el sitio?
- Sí que es seguro, aparte no tienes que pensar que no hay nada, todo lo contrario, esa nada en
estos casos es buscada, te imaginas en ese balcón, cenando, escuchando música, bebiendo
una copa, ¡no tiene precio!
Tomaron el bolso con el equipo de pesca, en los extremos cada uno llevaba el fusil y en la cintura sujeto un cinturón con plomos de casi 8 kilos.
Hacía más de cuatro años que practicaban la pesca submarina, siempre de a dos, los expertos
aconsejaban que siempre era conveniente descender en pareja, ya que un descuido, un problema
inesperado o un malestar físico pasaban facturas en menos de un minuto.
Llevaban el mismo equipo: traje de neopreno Beuchat negro con tonos azules marinos de 5 milímetros, aletas de carbono, guantes, escarpines, gafas, tubos, linternas, cuchillos, cinturón con plomo y los fusiles.
Decidieron comenzar a explorar la zona izquierda, fueron bordeando el peñón y a medida que ganaban metros en la profundidad, advertían que este se extendía por debajo en forma de acantilados rocosos y cada roca a su vez, era una pequeña escondite de algún animal que había que ir descubriéndola. Cada cierto tiempo los pescadores se trataban de encontrar en una mirada detrás de las gafas, siempre era bueno estar en contacto y hacer un gesto de que todo marcha en orden.
Roland movió la mano de una forma horizontal como si recorriera la profundidad de la zona y le hizo un gesto de ok con el pulgar, Pierre le devolvió el ok, afirmando que la zona era óptima para descubrirla.
Como si de un movimiento coordinado se tratase, ambos submarinistas tomaban de forma lenta aire en la superficie, luego daban un golpe de abdomen estirando el cuerpo hacia abajo y las aletas daban el último golpe en la superficie, luego descendían, minuciosamente recorrían la silueta del mediterráneo, con las linternas alumbraban el fondo de alguna cueva buscando ojos inmóviles.
Cuando Pierre regresó del descenso estirado de tiempo, no le alcanzó con la respiración del tubo y sacó la cabeza a la superficie y abrió la boca de una manera casi desesperada. Poco a poco volvió a respirar normalmente y cuando retomó la tranquilidad, su ojos se fueron hacia la orilla de la playa y vio el solitario apartamento perdido o fundido a ese mismo peñón. No había casi gente, la tarde ya estaba llegando a su fin y en los ventanales del apartamento no se veía luz.
Michèle había llamado temprano diciendo que por la tarde estaría llegando, tenia cerca de 4 horas de carretera y estaba cansada de una semana dura de trabajo, así que iría lenta.
Pierre durante todo el día se había dedicado a la limpieza, aprovechaba que venía Michèle para ordenar su piso y preparar lo que iban a llevar a la playa.
Se detuvo en frente de su biblioteca y pensó en llevar un libro corto para entretenerse en la playa, tendría demasiado tiempo para entregarse a la lectura, dudó entre el Llano en Llamas de Juan Rulfo y Un Hombre Ridículo de Fiodor Dostoievski, terminó por llevar a Rulfo.
Cuando estaba finalizando con la maleta, sonó el teléfono y Michèle del otro lado le dijo que ya estaba en su puerta y que sería mejor que sigan viaje hacia la playa.
Apenas llegaron a los apartamentos Michèle se dirigió al balcón y se acercó a la barandilla, con una sonrisa amplia, cerró los ojos y respiró profundamente aspirando todo el olor a mar posible.
Pierre por su parte fue descubriendo una a una las habitaciones, comenzando por el baño, la habitación principal, el salón, la cocina y dio el visto bueno.
Luego caminó hacia el balcón y se detuvo junto a Michèle, que seguía con la sonrisa de oreja a oreja. Se acercó hasta sus mejillas y le dio dos tímidos besos, Michèle soltó el aire y dijo algo como – pensé que era un sueño. Sus ojos volvieron de miles de kilómetros mar adentro y giraron suavemente hasta dar con los de Pierre, que la miraba curioso al verla disfrutar de ese momento deseado.
- ¿Te gusta?
- Maravilloso, es un lugar hermoso, las vistas son encantadoras.
- Tenemos muchos por conocer, podemos caminar y subir hasta la punta de esa montaña, se ven
casas y debe tener buena vista.
- Gracias Pierre por traerme aquí, este lugar tiene algo especial, no se, empiezo a sentirme
distinta.
Asomados al balcón se veía el mar, en la orilla los bañistas tumbados al sol con sus sombrillas, algunos leían algún libro de moda, otros se bañaban, a lo lejos embarcaciones que se perdían entre una neblina infinita. Por momentos la vista de Pierre cambiaba de rumbo y se imaginaba debajo en la playa viendo la imagen de una pareja que reposaba sobre el parapeto del balcón, que casi no hablaban y disfrutaban contemplando la playa.
Michelle se dirigió a la habitación, tomó su maleta y con extremada delicadeza fue sacando sus prendas y las ordenó el los cajones del armario. Pierre observaba la sutileza de los movimientos, se centraba en las manos, en las dulces manos que dibujaban círculos y doblaban la ropa con un arte exquisito. Pierre se preguntaba porque las mujeres tenían esa facilidad para esos detalles que para los hombres pasan casi inadvertidos, ahora las manos entraban al baño, la estantería de blanco poco a poco se llenaba de colores: la pasta dental roja con detalles verde, el cepillo de diente azul, una crema para mano blanca, crema para cara celeste, crema bronceadora amarilla, toallas femeninas, un cepillo de pelo negro, el set de pintura rojo, un espejo de mano, desodorante. Las manos de Michèle caminaron del baño a la cocina, ahora le tocaba ordenar la comida: las cebollas a un costado junto con las patatas y el pan, en la nevera la cola junto a las cervezas, la manteca, el queso, el jamón, las aceitunas, las botellas de vino las dejó sobre las mesas y las manos ya estaban sobre los platos y los vasos, Pierre desde un extremo de la habitación se entretenía viendo las manos mojadas de Michèle que parecían aun mas bellas, como si se movieran a un ritmo diferente al resto del cuerpo.
Terminada la cena, Michèle se levantó en busca de un libro y él le pidió que tomar el suyo de su mochila.
Sentados en la mesa junto al balcón, Pierre encendió dos cigarros, le dio uno y se entregaron a los libros.
La lectura fue larga, solo se detenían para fumar o beber el vino de la copa. Lo noche reflejaba luces lejanas y el ruido del oleaje se intensificaba en el silencio.
Pierre hizo un comentario sobre la noche – es tan desértica, que creo estar en el llano en Llamas.
Por su parte Michèle dijo – es tan desalmada, que creo ser un reportero de guerra.
Sin darse cuenta hablaron sobre sus libros de una forma natural, escudados en los escritores
encontraban puntos de unión en la llanura de México y la guerra de Kosovo.
Pasaron varias horas desde que se acostaron cuando de repente Michèle se sentó de un gran impulso sobre la cama, un ruido cercano le produjo pánico, miró en dirección de la puerta de enfrente y permaneció inmóvil durante algunos minutos, respirando agitada. En ese momento volvió a sentir un ruido cercano, aterrorizada movió el brazo de Pierre y le dijo al oído que por favor se despertase. Mientras Pierre intentaba entenderla ella le decía que había escuchado un fuerte ruido, luego voces in entendibles.
Cuando venía por la carretera, Michèle escuchó por la radio la noticia de que inmigrantes africanos realizaban la travesía de cruzar el estrecho en precarias embarcaciones y llegaban a cualquier playa del sur. Se los imaginó altos, gordos y negros, peor aun, hambrientos y con necesidad de robar para comer.
Durante toda la tarde no había visto turistas entrar en los apartamentos colindantes y se sintió indefensa, en el medio de la oscuridad, de la nada.
Nuevamente lo movió a Pierre para que la ayudase, pero él no podía levantarse, había bebido en exceso y solo atinó a decirle que se tranquilizará y la rodeo con el brazo.
No quería encender la luz, cualquier situación podrá llamar su atención y correría peligro, por un instante pensó en salir a toda velocidad del apartamento, tomar el pasillo y bajar por la escalera de la izquierda, luego bordear el camino por arriba de la playa hasta dar con el aparcamiento, subir al coche y salir de ahí, pero a medida que tomaba conciencia la idea se desmoronaba, ya que ellos estarían ahí abajo esperándola en las escaleras; también pensó en llamar desde el móvil a la policía para pedir ayuda, llegarían armados y con las sirenas de los coches encendidas, tal vez al verlas se asusten y se vayan, pero ¿qué les diría? Si no sabe bien quien está ahí abajo y por si fuera poco, al tomar su móvil se da cuenta de que este no tiene cobertura.
Al bajar la vista se encontró con un ojo de Pierre semiabierto que la miraba con estupor, por momentos lo vio tan relajado que pensó que había llegado muy lejos y que sería mejor recostarse e intentar dormir. Al lado de Pierre se encontraba más segura, más aun cuando la mano de él se unía a la suya. El ojo de Pierre no la miraba, seguía abierto como simple espectador, un mero testigo de la noche que se le volvía eterna a una Michèle que deseaba que le llegara la tranquilidad en forma de sueño. Había realizado este viaje en busca de tranquilidad, y esta noche poco a poco se convertía en una pesadilla y lo peor era que no podía determinar el motivo.
Cerró los ojos, contó en silencio hasta 537, recitó viejas poesías de la infancia, rezó oraciones aprendidas en su época de catecismo, beso en la mejilla a Pierre, se dio media vuelta hacia la derecha, abrió los ojos y los clavo en el techo manteniéndolos abiertos sin pestañar, el ruido del mar era parte del silencio y eso no les importaban a esos ojos que desprendían lagrimas pero no parpadeaban, ni cambian la vista en ese pequeño punto en el techo. Nuevamente volvió a girarse hacia la izquierda donde un cuerpo con la respiración pesada le estiraba el brazo derecho y la esperaba. A medida que miraba a Pierre tendido en postura de espera, sintió una leve asfixia que la invadió por completo. Ella hubiera necesitado otra actitud ante el momento que estaba pasando, tal vez si se hubiera levantado y la hubiera acompañado todo hubiera sido diferente, ese brazo ahí tendido y ese ojo abierto le transmitía todo lo que Pierre no era capaz de darle, así que tomó fuerzas, se sentó en el borde de la cama y caminó hacia el balcón en busca de un cigarrillo.
Sentada con las piernas cruzadas fumaba y pensaba que esa noche tal vez no era para dormir, o mejor dicho no era para dormir en la misma cama junto a Pierre. Estaba cansada de dormir sin sueño, de dormir por la necesidad natural de cerrar los ojos y descansar.
Cuando expulsó el humo del tabaco giró la cabeza y se encontró con un cuerpo grande y negro, quizás unos instantes antes hubiera gritado en busca de auxilio, pero no, mantuvo la mirada firme y recorrió todo el cuerpo hasta encontrase con unos ojos perdidos, una mirada que exigía ayuda.
Michèle caminó hacia la cocina, sirvió agua en un vaso y en un plato preparó pan con jamón, al darse vuelta se lo encontró de pié junto a ella, era demasiado alto, solo llevaba un pantalón que dejaba ver el torso atlético, los brazos fuertes.
Lo invitó a sentarse en la mesa y le sirvió lo que le había preparado, fue entonces cuando el hombre levantó su mano y le acarició el pelo en señal de agradecimiento. Michèle cerró los ojos y su cuerpo se estremeció ante aquel gesto inesperado, un olor a mar proveniente de esas manos la cubrió por completo, luego bajaron por su cuerpo de forma natural llegando hasta los rincones mas preciados por Michèle, y ella seguía así, con los ojos cerrados sintiendo como se adentraba en su cuerpo el silencio del oleaje y la salitre del mar.
Por la mañana Pierre estaba sentado en el balcón con el libro en mano, Michèle se acercó, le dio un beso de buenos días y sobre la mesa alcanzó a ver el plato junto al vaso vacío.
¡Cómo estabas anoche!, no parabas de pedir ayuda, me gritabas y por si fuera poco, gemías de una forma para mi desconocida – le dijo Pierre.
Cuando Michèle se acercó al balcón, vio como se perdía en la neblina algo que se parecía a una
embarcación
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