
La noche de Berlín es fría y la lluvia cae quejosa sobre la ciudad. Los autobuses, trenes, metros y coches, transportan pasajeros deseosos por llegar a sus hogares.
En la noche de Berlín se forman telarañas de líneas imaginarias: cada individuo construye la suya desde un origen hasta un destino. En cada trayecto millones de líneas se juntan, se acercan, se miran y pocas llegan a unirse.
Desde la Estación de metro Ullstein Str, Carmelita toma la línea dirección Alt. Tegel. La maquina sigue el rutinario trayecto y en la parada de la estación Stadmitte, Carmelita desciende y camina entre los árboles refugiándose de la lluvia hasta entrar un bar.
Desde otro punto de la ciudad, Pierre toma el metro en la Estación Rathas Schoneber Str. dirección Nollendorfplatz, luego combina con la U12 dirección Narschauer Str. La maquina sigue el rutinario trayecto hasta llegar Gleisdreleck, Pierre desciende y camina por el andén en busca de la U2. El cartel anuncia que en 5 minutos arriba la maquina que lo transportará hasta la estación Stadmittle, Pierre espera paciente hasta escuchar el ruido de la maquina que se acerca y frena en el andén. En el corto viaje observa los pasajeros con miradas sutiles, sus vestimentas, sus ojos azules y sin descuidar en el mapa del metro el lugar de su parada. Pierre desciende y camina perdido entre los árboles refugiándose de la lluvia hasta entrar en un bar.
Bajo el cielo cubierto de Berlín un hombre sentado en un sillón escucha música, una mujer prepara la cena para su familia, un taxista transporta pasajeros japoneses hacia algún hotel, un paquistaní corta con un cuchillo el cordero que le servirá a un cliente, un monje hace sonar las campanadas que anuncian las veintiuna, un televisión de un escaparate muestra las imágenes del atentado de ETA en el Aeropuerto de Barajas en Madrid, un médico le acerca el recién nacido a una madre sudada, un camarero sirve una cerveza a Carmelita que está apoyada sobre la barra, a su lado Pierre le pide al mismo camarero otra cerveza.
Carmelita y Pierre cruzan una mirada y se entregan a la conversación.
Sentados en una mesa, Carmelita le cuenta mirándolo fijo que se dedica al cuidado de los niños y que hace eso porque ellos le daban todo: amor, comprensión y en cierta forma le hacen sentir que vuelve a ser niña jugando con ellos.
Una vez cuando aun era una adolescente, había leído por casualidad un texto titulado la mirada de los niños. Ese texto – así como te cuento – me cambió la vida.
Ese fue el comienzo de todo, luego vino la idea de hacer algo desde adentro, no me conformaba solo con la idea de interesarme en lo que pasaba, así que comencé a frecuentar grupos sociales y religiosos donde fui conociendo esa realidad desde el punto de vista en el que quería estar.
Trabajé dos años en centros barriales donde mis expectativas fueron cubiertas y un día decidí salir y conocer otras realidades, nuevos niños otras ciudades.
Luego vino una foto de Salgado en blanco y negro. Era un niño de la guerra, un primer plano del rostro llorando, sus ojos reflejaban el desconcierto, la desolación sobre un cielo gris de fondo. Sobre la izquierda una columna de humo negro. No se veía nada más en la foto. Carmelita hizo suya esa imagen, la reconstruyó parte por parte: primero un bombardeo cercano a la vivienda donde el niño pasa sus días junto a su madre y hermana, luego el protegerse debajo de la cama de madera, los silbidos de las metrallas rozándoles los cuerpos, ahora un nuevo pum seco a lo lejos y el niño sintiendo como poco a poco se acerca hacia ellos. Al abrir los ojos el dolor en la herida de la pierna se confunde entre el polvo y los llantos secos. Aturdido y con la ayuda de algo que puede ser los restos de una silla o mesa, se arrodilla tímidamente sintiendo como la luz del sol le ciega los ojos. Ahora un silencio eterno, no se escuchan bombas, ni llantos, el niño se incorpora hasta quedar de pié, y justo ahí la foto, el niño con lagrimas de desconcierto y a sus pies los cuerpos sin vida de su madre y hermana.
Pierre levantó la vista y sintió un hilo de vértigo desprenderse de su cabeza, recorrer el borde de la cara y perderse bajo el cuello. Había escuchado con detenimiento cada una de las palabras pronunciadas por Carmelita y sintió como su cuerpo se estremecía con el relato del niño de la foto. La imaginó en su lugar de trabajo, contándole historias a esos niños que veían en ella todo lo que Pierre no era capaz, por que desde un primer momento se vio atrapado bajo esa sonrisa que Carmelita le regalaba a cada instante y llevaba una sensualidad sin igual. Tan delicada Carmelita con pantalón negro, abrigo de color blanco que deja ver tímidamente la silueta de los pechos, la hendidura de su cintura.
Por su parte Pierre le comenta que es su primera vez en Berlín, solo está de paso, ha llegado esa noche y por la mañana tendría que volar nuevamente. Sus últimos cinco años se ha dedicado a la fotografía de estaciones de tren, trabaja para un loco inglés que publica en una revista de antigüedades y tiene una sección especializada en el tema. Su trabajo es simple, consiste en viajar por países, descubrir sus estaciones más significativas, sacarles fotos y escribir un artículo con tinte histórico sobre ellas. El trabajo al principio no le interesaba demasiado, le atraía más la idea de viajar y de conocer mundo, pero poco a poco fue descubriendo un misterio oculto detrás de cada estación. Cada una esconde un secreto, un hecho puntual que las hacen únicas. Ha recorrido países de Sudamérica, América Central, Europa y Norte de África.
Una vez en la Estación Francia de Barcelona me encontré con un señor con aspecto de vagabundo. Era una mañana de enero, hacia frío y todavía no era óptima la luz para hacer fotos, así que lo invité a un bar de enfrente. Entre cafés y carajitos, me contó que llevaba 10 años estudiando la estructura de la Estación Francia. Al parecer su abuelo fue uno de los responsables de la construcción y fue pasando de generación en generación un rumor que dentro de una de las columnas de hierro centrales, bajo un dibujo de un ojo o un toro, se escondían tres lingotes de oro de mucho valor.
A Pierre le gustaban las Estaciones de partida y de llegada a diferencias de la Estaciones de paso con andenes a los costados. También era de su preferencia las estaciones de viajeros a diferencias de las de mercancías.
Carmelita levantó la vista y sintió un aire frió impactarle sobre la frente, recorrerle el borde de la cara y perderse bajo el cuello de su abrigo. Había escuchado con detenimiento cada una de las palabras pronunciadas por Pierre y sintió como su curiosidad la llevaba hacia esas estaciones del mundo. Lo imaginó enfrentado a esas moles de hierro, indefenso, con su cámara en mano, respirando hondo, mirando con su ojo por el visor hasta escoger el mejor de lo ángulos para luego apretar suave el pulsador que dejaría detenido ese espacio de tiempo. Desde un primer momento se sintió intrigada por esa mirada de Pierre que la traspasaba, que se metía sin previo aviso en lo más profundo de su alma y le pulsaba como por arte de magia ese lugar donde se encontraban sus sentimientos ocultos. Tan intrigante Pierre, vestido de botas, pantalón marrón claro, chaqueta cruzada y sombrero de media hoja.
Pierre volvió del relato encontrándose nuevamente con los ojos de Carmelita que lo miraban con mayor luminosidad.
De donde apareciste- le susurro Pierre acercándose hasta uno de sus oídos impregnados con un aroma frutal.
Carmelita mira paciente la mesa, piensa que lo dicho por Pierre no es una casualidad dicha así por que si, esas palabras le pesan porque Pierre no estaba buscándola en ese bar y entre esas personas, esas palabras provenían de ese otro lado de Pierre que hasta entonces estaba totalmente oculto e impenetrable tras la gruesa chaqueta negra. Mientras elabora una respuesta, mira la mano de Pierre que va y viene de la boca al cenicero, los dedos por momentos se iluminan y detrás aparece nuevamente esa mirada que la penetra, aguanta unos segundos y su mirada baja hacia la mesa y con la mano mueve el borde de la jarra de cerveza de un lado al otro de la mesa, se entretiene rodeando el cenicero, el paquete de Gauloises, el mechero, y cuando Pierre menos lo espera atina a decirle que esta aquí, escondida en Berlín esperando el momento adecuado para salir, mientras le toma la mano que Pierre hace descansar sobre la mesa.
A veces me ocurre que confundo lo real con lo fantástico, como ahora Pierre. Te acercas violando mi espacio corporal y me susurras solo tres palabras: de donde saliste, y es suficiente para que se me destruya toda una serie de para rayos que tengo construida en mi alrededor, y ahora bien, no se donde estoy.
Es una sensación similar a la que puedo ver en los rostros de mis niños. Cuando ellos escuchan una narración, leída por mi o por ellos mismos, sin darse cuenta dejan de lado la habitación donde están, el día de la semana, las tareas pendientes que aun tienen por hacer y se tele transporta a un mundo irreal, un mundo de fantasía. Se le notan en los ojos, cambian Pierre, se iluminan. Si en la narración aparecen indicios de un enfado, una agresión, un temor o enfrentamientos, es solo en ese mundo construido de fantasía e irrealidad.
Dicho proceso de cambio involuntario comienza con el celebre "Había una vez".... Te imaginas lo que te digo, ese había una vez es un telón que se corre desde las butacas del teatro hasta el propio escenario, ese había una vez marca el comienzo del límite entre esas dos percepciones de la vida. Y cuando llegamos a la parte final de la lectura con "Colorín colorado este cuento se ha acabado", la mirada de los niños vuelven de millones de kilómetros y la luminosidad se cae, se opaca, te lo aseguro Pierre, vuelven a mirar como siempre, salen de cuento, ¿Me comprendes?
¿Qué será de nosotros cuando acabe esta fría noche de Berlín?
Salgamos de aquí, necesito tomar un poco de aire – dijo Carmelita.
Carmelita y Pierre caminan de la mano por Leipziger Strate, se ríen y hablan sobre la posibilidad de encontrar un banco seco, una mano de Pierre le acomoda un poco mas arriba la bufanda, hasta cubrirle el cuello. Caminan sobre un sendero de baldosas marrones, se detienen en una escalera del metro hasta encontrar un banco seco y Carmelita lo abrazaba con los dos brazos y Pierre le responde con besos en la frente, uno tras otro.
Ahora la mano de Carmelita le recorre el borde del sombrero, lo bordea con uno de sus dedos hasta darle un giro completo, ahora baja por el interior hasta llegar a la frente, continua bajando por la nariz, bordea los labios, cae por el mentón llegando al cuello, el dedo de Carmelita sigue ahora por la chaqueta de Pierre, recorre el hombro derecho, el brazo, la mano que esta sujeta al apoya brazo del banco, y marca una línea paralela al césped húmedo.
Sigamos esta línea - le dijo Carmelita en tuno divertido.
Caminaron de la mano refugiándose de la lluvia, llegaron a la esquina de Wihelm Strate y Carmelita indicó que giraran hacia la izquierda. Cruzaron la calle y se encontraron con un edificio antiguo, caminaron intentando cubrirse de la lluvia hasta dar con un gran mural, quedaron impactados por la pintura con insignias del socialismo en Alemania. Los dibujos exaltaba los valores del socialismo: el trabajo en la construcción, la vida en el campo, la educación, la cultura y los hombres y mujeres que se manifestaban en busca de sus derechos.
Recorrieron de un extremo al otro del mural, deteniéndose en cada una de las escenas hasta llegar a su fin. Dejaron atrás la pintura y continuaron bordeando el gran edificio por una larga y desolada calle hasta llegar a la esquina con Zimmer Strate. Ahora por aquí - señalo Carmelita sobre el suelo girando hacia la derecha. Cuando Pierre alzó la mirada, reconoció una parte del muro de Berlín que pasaba casi desapercibido de no ser por que estaba vallado. Una sensación confusa se apoderó de él, recuerdos con formas de imágenes se le venían a la memoria: intentos por atravesarlo en busca de la libertad, dolor.
Pierre intentó cruzar para verlo más de ceca, pero Carmelita le dijo que no, que caminaran un poco más. Pierre no entendía el por que, pero le hizo caso y miraba la gran pared mientras caminaba. Carmelita sabía que si lo miraba por primera vez a esa cierta distancia, podría respetarlo más, podría apreciar el respeto y lo complicado que era atravesarlo. De sobra sabía que a la hora de acercarse, ese gran muro de la vergüenza, se convertiría en una simple y delgada pared cualquiera.
Anduvieron unos 150 mtrs. hasta llegar al final del muro en pie. –ahora crucemos- le indicó Carmelita y ambos de la mano se acercaron y Pierre instintivamente estiró la mano hasta tocarlo. No sabía bien porque había estirado la mano y lo había tocado, tal vez quería sentir una parte del pasado, o quería convencerse que esa historia había sido real. Pierre levanta la vista y Carmelita le indica que tiene cuatro metros, y la parte superior termina en forma de circulo para dificultar el agarre. Caminaron a paso lento, se entretenían viendo la gran variedad de graffiti sobre el muro. Se detuvieron ante una imagen con infinitas manos multicolores sobre un fondo azul.
Carmelita se puso de rodilla y puso su mano sobre una mano pintada de color rosa, esta me va grande, prueba en esta verde le indicó Pierre. Si, esta me va casi perfecta. Mientras Carmelita miraba su mano, Pierre buscaba una semejante a la suya, pero casi todas eran demasiadas pequeñas. Buscó por arriba, por el medio, por abajo y cuando la miró a Carmelita sonreír y poner su mano sobre una amarilla muy chiquita, vio como Carmelita acariciaba esa mano y se dio cuenta de que ella había elegido ese mural azul, porque le traía recuerdos lejanos que no eran necesarios preguntarle. Entre todos los murales, había muchos con detalles o dibujos infantiles, pero ese parecía el único creado por niños. Sin que Carmelita se diese cuenta, Pierre retrocedió los pasos necesarios para contemplar la imagen desde la acera de enfrente. A Carmelita no le hacia falta nada más para ser feliz, ni siquiera se dio cuenta de la ausencia de Pierre, solo movía su mano desde una amarrilla con un ojo en el centro hasta una celeste con palomitas dentro, luego saltaba a una verde con ojitos en los dedos y luego se detenía en una roja rodeada de un corazón blanco. De pronto la imagen en Pierre cambió por completo, la noche de llovizna gris se había transformado en un día soleado y alcanzó a distinguir a Carmelita entre medio de muchos niños que estampaban sus manos sobre el fondo azul del muro. Carmelita de rodillas le pintaba las manos a un japonés, luego a una niña africana, un niño sudamericano, un alemán y una niña con burda. Cada uno de los niños apoyaban sus manos sobre el muro, desde la distancia Pierre no podía diferenciar cual le correspondía a cada uno, pero a medida que se compenetraba en las manos, advertía que esa especie de desorganización en formas de manos
anónimas correspondía a una lógica artística que Carmelita iba construyendo casi sin darse cuenta. Pierre imaginó que esas cientos de manitos de los cinco continentes, puestas ahí, indefensamente, representaban una presión hacia el gran muro, que a medida que otra manito aparecía, era más grande y esa gran pared no podía soportar mucho tiempo mas, y la manitos serían todas iguales –son todas iguales pensaba Pierre- sin barreras, ni discriminaciones, ni diferencias sociales.
En ese momento Carmelita se dio vuelta, lo miró fijo y le indicó que se acercara. Pierre volvía del día soleado con cada nuevo paso que daba y Carmelita tomó su mano y la puso bien el lo alto, recostada hacia la derecha, y con un rotulador negro le trazó el contorno de la mano de Pierre. Ya tienes la tuya propia le dijo.
Volvieron sobre la misma calle hasta llegar al cruce con Friedrich Strate y se encontraron con un cartel que decía: “You are entering the American Sector carrying weapons off duty forbidden obey traffic rules”, era el neuralgíco punto fronterizo Check Point.
Aquí nos encontramos de lado soviético, ese punto de control pertenecía a los aliados, le indicó Carmelita.
Ahora caminaron por la amplia e iluminada Friedrich Strate. Por ambos lados la avenida sobresalían los grandes almacenes, tiendas de ropa de lujo, relojes, coches. En la esquina de Bv. Unter del Linden, Carmelita le indicó con el dedo que la línea seguía por la izquierda. Atravesaron el interior de boulevard, Pierre se acercó y compró un vaso de vino caliente, era lo único que vendían y hacía falta calentar un poco el cuerpo. Carmelita no quiso probar y a Pierre no le gustó demasiado, olía demasiado a alcohol, pero acabó el vaso, necesitaba calentarse. Caminaron varias calles hasta dar de frente con la puerta de Brandemburgo. Pierre contempló con asombro el monumento más representativo de Berlín. Era más pequeño de lo que había imaginado. Tenía el recuerdo de dos fotos que había visto, la primera de Hitler pasando por debajo de la puerta principal con todas las tropas del III Reich desplegadas a ambos lados de la Puerta, y la segunda imagen era la Puerta completamente destruida tras la segunda guerra mundial.
Carmelita le dijo que lo más importante es la escultura de cobre que corona la puerta, La Cuadriga, que representa a la diosa de la Victoria montada en un carro tirado por cuatro caballos en dirección al centro de la ciudad. Estos carros representaban en la antigüedad la entrada triunfal de las tropas en la ciudades.
Siguieron rodeando el monumento y en su interior pudieron apreciar las columnas recubiertas con relieves de Hércules, Marte y Minerva.
Terminaron de recorrer el monumento y siguieron caminando por Ebert Strate.
En el lado derecho comenzaba en Parque Tiergarten. Pierre notaba que el ritmo de la gente poco a poco aumentaba, estaba amaneciendo aunque la ciudad seguía de noche. Pensó que estos eran los últimos minutos junto a Carmelita y quería aprovecharlos al máximo, así que la tomó nuevamente en sus brazos y le besó la frente una y dos veces.
Cuando llegaron a la esquina, Carmelita dijo aquí finaliza la línea y señaló con el dedo hacia delante. Pierre un tanto confundido, distinguió en el lugar donde Carmelita había señalado, un gran número de bloques aparentemente de hormigón.
Es el monumento al holocausto, dijo Carmelita bostezando. Tomó la mano de Pierre y empezaron a caminar dentro del monumento. A Medida que ingresaban, Pierre pudo advertir como los bloques cuadrados poco a poco empezaban a crecer, al comienzo tenían unos cincuenta o sesenta centímetros, pero ahora sentía que los bloques llegaban a su altura.
Carmelita iba unos metros mas adelante y Pierre clavó sus ojos en su cuerpo mientras se sentía en el medio de la nada. A cada paso que daba perdía de vista la ciudad, como si bajara o como si los bloques crecieran a medida que avanzaba.
Me da un poco de miedo – dijo Carmelita mientras retrocedía y abrazaba a Pierre.
Las manos de Pierre recorrían la espesura de su pelo, bajaban por el cuello y apretaban contra la espalada, mientras los besos le daban calor a esos cuerpos que adquirían una postura diferente, ahora la mano en el borde del pantalón negro, intentando abrirse paso, desprendiendo botones y penetrando en los lugares mas íntimos de Carmelita.
La mañana de Berlín es fría y oscura. Los autobuses, trenes, metros y coches, entregan la normalidad del ruido a la ciudad.
Bajo el cielo gris de Berlín un hombre sentado en un sillón escucha música, una mujer prepara el desayuno para su familia, un taxista fuma un cigarrillo a la espera del primer pasajero, un paquistaní enciende la maquina de café, un monje hace sonar las campanadas anunciando una nueva hora, una pareja se ama en el medio de la ciudad.
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