
Esa noche la tristeza me envolvió y me dirigí al campanario. Una vez arriba empecé a llorar y a odiar a todo el mundo. Dios no podía consolarme. Estaba junto a la cruz, la miré fijamente y me transmitió algo extraño; bajé rápido las escaleras y caminé hacia casa. Terminada la cena, me dirigí al cuarto con la excusa de ultimar tareas para el colegio.
Apagadas las luces, saqué de la caja de herramientas un martillo, una sierra y un corta fierro. Saltando techos y subiendo por lugares que solamente yo conocía, llegué a lo alto del campanario.
Estaba a punto de cometer mi primer pecado.
Empecé a martillar la base de la cruz de la única iglesia de la zona. Estuve casi tres horas, martillando y martillando, cuando de repente el hierro comenzó a ceder. Subido en la punta hice peso y suavemente la vi caer. Con sierra en mano, terminé con los últimos caños y por fin la pude sentir a mis pies. Corté las cuerdas del campanario, las uní y las até a la cruz y despacio, muy despacio empecé a bajarla, hasta que dió en el suelo.
Dejo de lado el comentario de cómo la llevé hasta el fondo de casa. Sólo recuerdo que tomé una pala, un pico y comencé a cavar un profundo pozo. Por fin pude tenerla. Me fue todo un reto aunque sé que nunca se me perdonará esto.
Cómo comentarles el lío que se armó. Periodistas de diversos medios junto a sacerdotes de todas partes invadieron la ciudad, que en ese momento se convirtió en otra.
Desde el techo de casa, me divertía viendo el tremendo escándalo que había organizado. La radio anunciaba la posible visita del papa. Por la televisión apareció mi cura amigo junto a muchos de los vecinos diciendo que era el demonio que se había apoderado de la ciudad, otro mencionaba que esto es el comienzo del Apocalipsis, vecinos hacían comentarios de una luz intensa por la
noche y llegaron a manejar la hipótesis que seres de otro planeta se la llevaron.
En ese tiempo, todos éramos ridículos: ellos, alucinando por la cruz, y yo, - por otro lado - robándomela.
Apagadas las luces, saqué de la caja de herramientas un martillo, una sierra y un corta fierro. Saltando techos y subiendo por lugares que solamente yo conocía, llegué a lo alto del campanario.
Estaba a punto de cometer mi primer pecado.
Empecé a martillar la base de la cruz de la única iglesia de la zona. Estuve casi tres horas, martillando y martillando, cuando de repente el hierro comenzó a ceder. Subido en la punta hice peso y suavemente la vi caer. Con sierra en mano, terminé con los últimos caños y por fin la pude sentir a mis pies. Corté las cuerdas del campanario, las uní y las até a la cruz y despacio, muy despacio empecé a bajarla, hasta que dió en el suelo.
Dejo de lado el comentario de cómo la llevé hasta el fondo de casa. Sólo recuerdo que tomé una pala, un pico y comencé a cavar un profundo pozo. Por fin pude tenerla. Me fue todo un reto aunque sé que nunca se me perdonará esto.
Cómo comentarles el lío que se armó. Periodistas de diversos medios junto a sacerdotes de todas partes invadieron la ciudad, que en ese momento se convirtió en otra.
Desde el techo de casa, me divertía viendo el tremendo escándalo que había organizado. La radio anunciaba la posible visita del papa. Por la televisión apareció mi cura amigo junto a muchos de los vecinos diciendo que era el demonio que se había apoderado de la ciudad, otro mencionaba que esto es el comienzo del Apocalipsis, vecinos hacían comentarios de una luz intensa por la
noche y llegaron a manejar la hipótesis que seres de otro planeta se la llevaron.
En ese tiempo, todos éramos ridículos: ellos, alucinando por la cruz, y yo, - por otro lado - robándomela.
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