
42 años hace que no veo la luz. Llevo todo este tiempo en esta situación. La vida por momentos se vuelve tranquila, más de noche, cuando el silencio se hace necesario.
Recuerdo mi primer día en este lugar: miembros del gobierno y altos cargos militares hablaban y desfilaban con banderas sobre mi. Fue la única vez que escuché una Banda de Música.
La primera noche fue angustiante, al igual que las siguientes.
Al otro día comencé muy temprano, necesitaba que llegara la mañana, pero esta se presentó en forma de muchedumbre y nada de luz. Un ruido ensordecedor se acercó a gran velocidad. Empecé a temblar más de la cuenta, todo debajo de mi se movía, o me parecía, ya que arriba la gente caminaba natural y un niño saltaba sobre mi.
La gente balbuceaba, sonaban silbatos cuando nuevamente sentí el ruido y el temblor bajo mi barriga. El fuerte sonido se aleja tan deprisa como se presenta el silencio. La explanada vuelve a quedar vacía, pero dura poco, las personas bajan por las escaleras del final del pasillo.
El descanso no dura mucho, la gente va y viene sobre mi, otra vez mi barriga empieza a vibrar.
Estoy acostumbrado a este ritmo de vida, desde aquí abajo todo es distinto, lo mejor es el roce de miradas, las historias que se construyen, los adiós para siempre. Aunque nadie se de cuenta, ellos bajan sus cabezas y me clavan los ojos.
Me gustaría tener más espacio, estamos aquí tan apretadas, creo que ni los de limpieza nos reconocen y todas tenemos nombre, aunque no lo utilizamos, solo tenemos unión física, generalmente en forma de cuadrados o rectángulos, nunca hablamos.
Cada tanto viene un hombre mayor y se sienta junto al banco que tengo enfrente. En sus esperas, cuando cree que llega el momento oportuno, baja la cabeza y reposa sus ojos sobre los míos. Mantenemos las miradas durante horas, mientras los demás suben y bajan del anden, hablan o gritan, se despiden o se encuentran. Nada de eso importa, seguimos mirándonos, no se que busca en mi. Lo triste es cuando se va, siempre antes del anunció del cierre de la estación, nuevamente me invade la angustia.
Me queda poco tiempo, siento el ruido de las maquinas que se aproximan. Los recuerdos me precipitan, las imágenes me llevan y me sitúan en el lugar privilegiado desde donde fui testigo de innumerables besos con sabor amor, de reencuentros de manos que entre el gentío se reconocen, de roces forzados que incitan al diálogo y se pierden escaleras arribas, o de niños juguetones que entre monería y monería terminan por pegarme la goma de mascar en plena nariz. Hasta la muerte sentí de cerca, cuando aquella mujer se desplomó sin más sobre mi, luego la policía, con sus botas y sus perros que no me dejaban ver.
En alguna ocasión he pensado que me había equivocado de oficio, debería haber sito zapatero, conocía todos los modelos, las formas, los colores, las texturas, las suelas, las costuras. Miraba con delicado encantamiento las posturas de los pies en espera, la manera de andar y de doblar el talón. No pudo ser, tal vez en otro momento.
Ahora presiento mi final. Las obras se acercan cada vez más, el maldito taladro o martillo ya están cerca, escasos metros nos separan, puedo ver como se hunde y nos va levantando una por una, nuevamente el temblor, pero por qué, aun es de noche, por qué nos tienen que partir de esta forma, a donde nos llevan. Siento que me mueven, como si me desprendieran, un frio intenso me envuelve, ahora si un dolor seco, una puñalada donde más me duele, suerte que sigo en el andén y crack.
Recuerdo mi primer día en este lugar: miembros del gobierno y altos cargos militares hablaban y desfilaban con banderas sobre mi. Fue la única vez que escuché una Banda de Música.
La primera noche fue angustiante, al igual que las siguientes.
Al otro día comencé muy temprano, necesitaba que llegara la mañana, pero esta se presentó en forma de muchedumbre y nada de luz. Un ruido ensordecedor se acercó a gran velocidad. Empecé a temblar más de la cuenta, todo debajo de mi se movía, o me parecía, ya que arriba la gente caminaba natural y un niño saltaba sobre mi.
La gente balbuceaba, sonaban silbatos cuando nuevamente sentí el ruido y el temblor bajo mi barriga. El fuerte sonido se aleja tan deprisa como se presenta el silencio. La explanada vuelve a quedar vacía, pero dura poco, las personas bajan por las escaleras del final del pasillo.
El descanso no dura mucho, la gente va y viene sobre mi, otra vez mi barriga empieza a vibrar.
Estoy acostumbrado a este ritmo de vida, desde aquí abajo todo es distinto, lo mejor es el roce de miradas, las historias que se construyen, los adiós para siempre. Aunque nadie se de cuenta, ellos bajan sus cabezas y me clavan los ojos.
Me gustaría tener más espacio, estamos aquí tan apretadas, creo que ni los de limpieza nos reconocen y todas tenemos nombre, aunque no lo utilizamos, solo tenemos unión física, generalmente en forma de cuadrados o rectángulos, nunca hablamos.
Cada tanto viene un hombre mayor y se sienta junto al banco que tengo enfrente. En sus esperas, cuando cree que llega el momento oportuno, baja la cabeza y reposa sus ojos sobre los míos. Mantenemos las miradas durante horas, mientras los demás suben y bajan del anden, hablan o gritan, se despiden o se encuentran. Nada de eso importa, seguimos mirándonos, no se que busca en mi. Lo triste es cuando se va, siempre antes del anunció del cierre de la estación, nuevamente me invade la angustia.
Me queda poco tiempo, siento el ruido de las maquinas que se aproximan. Los recuerdos me precipitan, las imágenes me llevan y me sitúan en el lugar privilegiado desde donde fui testigo de innumerables besos con sabor amor, de reencuentros de manos que entre el gentío se reconocen, de roces forzados que incitan al diálogo y se pierden escaleras arribas, o de niños juguetones que entre monería y monería terminan por pegarme la goma de mascar en plena nariz. Hasta la muerte sentí de cerca, cuando aquella mujer se desplomó sin más sobre mi, luego la policía, con sus botas y sus perros que no me dejaban ver.
En alguna ocasión he pensado que me había equivocado de oficio, debería haber sito zapatero, conocía todos los modelos, las formas, los colores, las texturas, las suelas, las costuras. Miraba con delicado encantamiento las posturas de los pies en espera, la manera de andar y de doblar el talón. No pudo ser, tal vez en otro momento.
Ahora presiento mi final. Las obras se acercan cada vez más, el maldito taladro o martillo ya están cerca, escasos metros nos separan, puedo ver como se hunde y nos va levantando una por una, nuevamente el temblor, pero por qué, aun es de noche, por qué nos tienen que partir de esta forma, a donde nos llevan. Siento que me mueven, como si me desprendieran, un frio intenso me envuelve, ahora si un dolor seco, una puñalada donde más me duele, suerte que sigo en el andén y crack.
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